Reciclaje (I)

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Conocí la empresa por un compañero de trabajo. Después de una reunión en la que me mostré más airado de lo habitual, me buscó a la hora de comer y me dijo que quería hablar conmigo. En principio pensé que me iba a reprochar mi actitud o que quizás me iba a comentar lo que el resto de los asistentes habían comentado de la situación, así que me adelanté a sus palabras y empecé a excusarme diciendo que no tenía un buen día y que las cosas no me iban bien en general.

Me dejó hablar, pero cerró el tema con un "no te preocupe, todo el mundo sabe por lo que estás pasando", que me hubiese dejado bastante preocupado por intentar averiguar qué demonios sabía la gente, o creía saber de mi, de no ser por lo que me contó a continuación, la verdadera razón de esa charla.

Me explicó que conocía una empresa que podía ayudarme con esos pequeños ataques de furia o ira que me daban de vez en cuando. No pretendía decirme que yo era un tipo especialmente violento, ni mucho menos, dejó claro que me consideraba de lo más normal, pero sí que creía que podía beneficiarme de sus servicios.



Le pregunté sobre qué tipo de servicios daba esa empresa, terapias, técnicas de autocontrol, yoga... y me dijo que no era nada de eso, pero que era inútil que me lo explicase, porque nunca lo entendería. Me dio una tarjeta en la que sólo había un nombre de un doctor, un número de teléfono y una dirección.

Tardé una semana en decidirme a ir por allí. De hecho, la razón por la que decidí ir fue por un enfrentamiento que tuve ese fin de semana por un accidente leve de tráfico, en el que prácticamente saqué al otro conductor por la ventanilla de sus coche, y fueron los transeúntes los que evitaron que se llevara su merecido. Me di cuenta de que probablemente tenía un problema y no perdía nada por seguir el consejo de la única persona que había intentado ayudarme...

El lugar era un despacho en un barrio rico de la ciudad. Enfrente de la puerta, sólo vi lo mismo que en su tarjeta: el nombre del Doctor.

Llamé al timbre...

Continuará...

Sin ti

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Sin ti ya no hay despertar
ni tan siquiera madrugada.
Sin ti todo es ocaso
y desde hace tiempo jamás amanece.

Sin ti no florece el jardín
ni huele a nada la primavera.
Sin ti del invierno vuelvo al otoño
y no me quedan hojas que dejar caer.



Sin ti no surge la risa
ni soy capaz de disfrutar.
Sin ti me arrastro de una habitación a otra
y no uso la cama ni para dormir.

Sin ti la casa no me habla
y quiere deshacerse de mi.
Sin ti quizás no existe el hogar
y sólo pienso en partir.

Recluídos en clausura

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Es vocacional, es su decisión. Llega un momento en que una luz se les enciende y les indica cuál es su destino, dónde deben pasar el resto de sus días, encerrados en la monotonía y las costumbres,  y dedicados las 24 horas del día a la contemplación.

El lugar es frío, silencioso por imposición, y sus paredes de piedra son murallas que los defienden de la vulgaridad que acecha en el universo exterior, el real, el mundano, y de sus amenazas de corromper su pureza y excelencia con las perversiones humanas a las que la población sucumbe cada día de su existencia.

Las bibliotecas son el núcleo de la comunidad, ocupando la mayor parte del espacio del edificio, mezclando libros de todas las épocas con grabaciones de música, en diferentes formatos. Ambas artes están disponibles para el disfrute individual de cada uno de los habitantes de este refugio cultural, y a ello dedican las horas del día con la mínima excepción del poco tiempo que les lleva arreglar su celda cada mañana.



Existe un personal de servicio que les atiende en sus necesidades básicas, pero que no les aporta lujos ni grandes beneficios, más allá de comidas sencillas y mantenimiento del poco mobiliario minimalista que decora las estancias.

Es una elección la de formar parte de este plan, de este ejército de intelectuales recluidos del mundanal ruido con un único objetivo: la obsesión por la supervivencia de la cultura.

Alejándose de las modas, las tendencias y los experimentos culturales, pretenden dedicar su vida a estudiar obras consagradas de las diferentes civilizaciones y eras de la humanidad, con el único propósito de crear nuevas piezas dignas de considerarse así mismo históricas, y que no respondan a criterios subjetivos basados en los medios de comunicación, las ideologías pasajeras o las tendencias políticas que defiendan los regímenes en vigor en cada país.

Sacrificados por la salvación de la pureza en la creación artística, dedican sus vidas al estudio individual, silencioso tanto de la literatura como de la música, y tejen nuevas obras en la soledad de sus aposentos que, cuando consideran terminadas, son revisadas por la dirección del centro y publicadas al exterior bajo nombres de escritores y músicos falsos, y cuyos derechos ayudan a mantener el centro y la creación de nuevas delegaciones en otros países.

A ellos les debemos el que, a pesar de nuestra decadencia y nuestra falta de respeto por la pureza artística, aún nos sigan conmoviendo obras nuevas que salen a luz firmadas artistas desconocidos, de los que nunca más se vuelve a saber nada.

Vagabundo

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Me liberó un demonio en el infierno de la agonía, agotada mi condena sin llegar a haber alcanzado nunca el perdón.

La salvación nunca viene si no la precede la clemencia, y la tortura se convierte en el premio a la deslealtad practicada.

Quizás el orgullo y la vanidad fomentaron la tiranía del justiciero, pero una vez alcanzada la resignación a la forzada esclavitud, de nuevo sólo vuelve a quedar la soledad.

Una eternidad finita que durará siempre mientras yo dure, un agotamiento general mientras me queden fuerzas, una súplica sorda para oídos ciegos que no volverán a prestar atención.



La ignorancia y la perversión me indicaron el camino pero jamás me iluminaron más allá de la inmediatez del momento, y caí en el pozo del abismo que marcó para siempre.

Ahora mi esencia se consume, falto ya de espíritu desde tiempos lejanos, incapaz de volver a alzar una mano que indique de mi presencia a los transeúntes altivos que me superan con indiferencia.

Pero cuidado, ni descubrí yo esta senda ni cerraré su entrada tras de mí, por lo que de nuevo visitantes llegarán uno tras a otro a este calvario que oculto permanece en el transcurrir del paraíso en el que vivís.

Aquí os espero, no hay prisa.

Llueve

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Llueve, y tú has decidido volver con él. Llueve y te veo recoger tus cosas.

No lloro, no me quejo, ni tan siquiera intento convencerte de que te equivocas.

Llueve y esta noche volveré a estar solo, como antes de que decidieras que era el hombre de tu vida, y que éste era tu lugar.

Llueve como el día en que te conocí, en aquel bar oscuro, al final de mi calle, donde entraste a llamar por teléfono.

Llueve dentro y fuera de mi, pero no me importa, porque son muchas las veces que he acabado empapado por querer ser lo que nunca fui, porque alguien descubra que no hay mucho más que lo que se ve a simple vista.

Tú vuelves con él, pero yo no tengo dónde ir. Debe de ser fantástico tener siempre dónde ir, si todo sale mal. Estoy seguro que él te recibirá con los brazos abiertos y no te reprochará nada.

Pero recuerda que por mucho que llueva después, aquí no podrás volver a cobijarte hasta que pase el chaparrón.