Me robó mi bala

Me robó la bala en la que había escrito mi nombre.
Ella borró el camino marcado hacia el precipicio, desorientandome en la perdición.
Hizo desaparecer las nubes que oscurecian mi horizonte y me cegó con luz de esperanza.

Traté de impedir por todos los medios que arruinase mi ruina.
Quise evitar que destruyese mi infierno, mi entorno, mi caos.
Mi tristeza no soportó su empuje y me abandonó a su capricho.

¡Maldita sea ella, maldita su alegría!
Maldito el dia en me salvó y me covirtió en alguien de provecho.

Añoro mi decadencia, odio mi futuro.
Siglos me costó asumir mi final, dibujar mi falta de futuro.

¡Maldita sea ella, mi amor!

La foto

Encontré la foto debajo de un mueble antiguo. No lo había movido desde que compre la casa, porque su ubicación me pareció adecuada en comparación con lo que me hubiese costado cambiarlo de tamaño. Era realmente pesado.

Pero una reforma, cuando se hace, se hace a conciencia, y todo debe variar, dentro de lo posible, para que la sensación de renovación sea lo más completa que se pueda conseguir.

Estaba entre el hueco que dejaban las patas y el saliente que ocultaba el espacio que quedaba entre el bajo del mueble y el suelo, por lo que no se había aplastado ni deteriorado al moverlo.

Mi cabeza se centró automáticamente en ella, suspendiendo el traslado de enseres por lo que restó de día.

La foto en sí misma contenía gran cantidad de información.

En ella, como centro de la imagen, aparecía una pareja. La mujer parecía que quería alejarse de él, pero éste la sujetaba por un brazo mientras sus labios dibujan palabras enérgicas. Ella no le mira, y dirige sus ojos a lo que sea represente su vía de escape. Ambos visten de manera elegante.

El entorno es una calle empedrada, donde ha llovido recientemente, y no se ven coches aparcados. Los edificios pueden corresponder a un barrio céntrico de Madrid, pero no se ve ninguno representativo que permita identificar el lugar.

Al fondo a la derecha, detrás del hombre, otra pareja está subida a la acera. El la empuja contra la pared con una mano, mientras levanta la otra amenazante. Ella se tapa la cara en un gesto intuitivo.

Por el contrario, detrás de la figura de la mujer aparece una pareja más, pero está se encuentra tiernamente abrazada, como si uno de ellos acabase de pronunciar las palabras más hermosas que jamás se hubiesen creado, o acabase de dar la mejor noticia que el otro podría esperar.

De una de las ventanas situadas a la derecha, en la "mitad del hombre de la pareja principal" aparece alguien arrojando un cubo de desperdicios a la calle, mientras que su vecino de la acera opuesta riega las plantas.

Hasta el cielo cambia de un lado al otro de la calle. En un lado nubes grises, que se convierten en un azul luminoso a la izquierda.

La foto era una composición con un significado tan claro que la mente deducía que era una creación artificial. Pero, por el contrario, nada indicaba que estaba hecha por un profesional: el enfoque no era nítido, el encuadre no respetaba las reglas básicas, los colores estaban alterados por las luces y sombras inoportunas...

Pero algo tan rico no podía ser casual. O sí. Los dos mundos, la ira y el amor, en una sola imagen, pero en múltiples representaciones.

Esa foto ahora preside la portada de mi libro, y fue la razón de por qué lo escribí, por lo que le debo media vida.

Palabras

La primera fue "Hola". Días después "Escucha". Luego "Mírame". Le siguió "Detrás"... y así durante muchos días, una palabra cada día.

Me las dejaban en el parabrisas del coche, y las veía cada mañana cuando bajaba al garaje para ir a trabajar. El primer fin de semana, bajé a la misma hora que un día de diario, sólo para ver si el sábado tendría mi palabra, pero no, era una costumbre asociada a los días laborables. Tampoco los festivos aportaban palabras nuevas.

No formaban un mensaje colocándolas todas seguidas, tampoco cambiándolas de orden. Deduje que cada una era un mensaje en sí mismo, seguramente aplicable para la jornada que en ese momento comenzaba.

Empecé a buscar significado. Me costó, pero al final salía conduciendo obsesionado con un par de ideas que necesitaban mi total observación para confirmarlas.

Un día me encontré la palabra "Cinco". Empecé a contar cruces, semáforos, pasos de cebra... y fijarme en las personas que allí estaban, al lado del objeto "número 5". Después en la parada del metro 5, en quién estaba cerca de mi a las 5 en punto, en los portales con el 5...

Al día siguiente fue "Perro". De nuevo, a punto de sufrir un accidente por ir buscando perros en lugar de mirar la carretera.



Hasta que un día la palabra fue "Espera". Lo vi claro. Lo que fuese a pasar pasaría allí, en el garaje. Debía permanecer al lado de mi coche. Lo hice durante horas. Los vecinos me saludaban, y se alejaban observándome, extrañados.

Al final apareció ella. Me explicó que quería que me llevase un recuerdo suyo cada día que me hiciese recordarla, y la mejor manera que encontró fue hacer que yo la buscase durante toda la jornada, aunque no supiese que la buscaba a ella.

Cuando le conté que había estado a punto de tener un accidente, la noche antes, decidió parar el juego.

Sí, ella era mi mujer.

Bonita pesadilla

Ayer tuve una bonita pesadilla.

Pasé la noche ocupado entre defenderme de su ataque y deleitarme con su cuerpo. Esquivaba sus golpes despiadados a mi cara intentando no perder de vista su hipnótico rostro y su excitante expresión de rabia y odio.

Disfruté cada fractura de mis huesos producida por sus suaves y enérgicas manos. Gocé de su capacidad para hacer brotar mi sangre con sus incisivos dientes clavados en mi carne, enmarcados en esos labios que me vuelven loco.

Me enfurecí conmigo mismo al notar que las fuerzas me abandonaban, y maldije mi cuerpo por desvanecerse y hacerme abandonar la vida sin poder continuar en ese paraíso infernal.

Pero desafortunadamente todo fue un horrible y fascinante sueño, y desperté teniéndola aún a mi lado.

Ahora mi cabeza está ocupada en descubrir cómo conseguir hacerla enloquecer de ira...

No mires mi cuerpo

Estaba acostumbrada a ceder su cuerpo a los hombres para que se entretuviesen con él. Ella misma había conseguido conseguir algo de placer a través suyo, pero en realidad eran las menos  de las veces.

Para ella, su cuerpo y su mente no eran la misma cosa. Lo trataba como un coche u otra propiedad que permanecía a un lado, y sólo lo utilizaba cuando era necesario. Lamentablemente, vivía atada a él, y debía "desplazarse" en su interior constantemente, relacionarse desde él y mantenerlo ligado a su esencia en todo momento.

A través de internet encontró una vía para poder expresarse sin que nadie la relacionase con ese montón de huesos y carne que alteraba, según ella, su verdadera personalidad a los ojos de los demás. Pero al final, todas las relaciones personales querían pasar a la presencia física, y todas ellas cambiaban llegado ese momento.

Es por ello que se empeñó en pervivir en internet, en fomentar su verdadero yo, aquél puramente espiritual e intelectual, y sacarle la máxima satisfacción al medio sin permitir que su cuerpo y/o imagen física interviniesen.

Logró ser respetada y admirada, reconocida y reclamada, pero nunca más accedió a presentarse en persona ni en fotografía en ningún lugar, y se mantuvo apartada del mundo físico mientras su nuevo nombre estaba en activo.

Después, salía a la calle, con su cuerpo de siempre, ése que llamaba la atención y atraía a los hombres sin tan siquiera abrir la boca, y volvía a dejar que todos ellos la hablasen e intentasen camelarla sin tan siquiera mirarle a la cara.