Directos al infierno

Estaba pasando un mal momento. Dejé de ver más allá de mis narices y me dediqué a preocuparme de mi mismo durante los próximos diez segundos. Si me apetecía beber, bebía. Si veía una mujer que me gustaba, me lanzaba a por ella. Si en una tienda encontraba algo que me llamaba la atención, me lo llevaba.

No siempre conseguía lo que quería, en realidad muy pocas veces, y siempre acababa metido en líos. Pero desde ese momento en el que la situación se complicaba, ya sólo me centraba en salir bien parado de ahí, mintiendo, arrastrándome... salvando mi culo sin preocuparme el precio.

No aprendí nada de toda esa fase, e incluso perdí un montón de cosas, casi todo lo que tenía, material e inmaterial.

Pero me vino bien. Me conocí a mi mismo. En realidad tiré por la borda todas esas convicciones que siempre defendí delante del resto y me dejé llevar por mis instintos, y descubrí que todos somos eso, instintos. Toda esta capa de social-civismo-cultura que nos empeñamos en poner como argumento para dejar de hacer lo que nos apetece hacer, en realidad no hace más que ahogarnos a diario y reducir nuestra vida a los mínimos para la superviviencia.

Puede parecer un camino directo al infierno, o a la soledad, o a ambos al mismo tiempo. Seguramente en la mayor parte de los casos sería así.

Salvo que te encuentres a alguien en la carretera recorriendo la misma ruta. Entonces todo cobra sentido (antes ni tan siquiera te preocupaba), y esa de-construcción humana se transforma en una revelación, en un descubrimiento y en una realización personal.

Quizás vivamos poco, puede que nos acabemos matando el uno al otro, pero de lo que sí estamos seguros es de que nuestra vida acaba de comenzar ahora mismo.