Encontré la foto debajo de un mueble antiguo. No lo había movido desde que compre la casa, porque su ubicación me pareció adecuada en comparación con lo que me hubiese costado cambiarlo de tamaño. Era realmente pesado.
Pero una reforma, cuando se hace, se hace a conciencia, y todo debe variar, dentro de lo posible, para que la sensación de renovación sea lo más completa que se pueda conseguir.
Estaba entre el hueco que dejaban las patas y el saliente que ocultaba el espacio que quedaba entre el bajo del mueble y el suelo, por lo que no se había aplastado ni deteriorado al moverlo.
Mi cabeza se centró automáticamente en ella, suspendiendo el traslado de enseres por lo que restó de día.
La foto en sí misma contenía gran cantidad de información.
En ella, como centro de la imagen, aparecía una pareja. La mujer parecía que quería alejarse de él, pero éste la sujetaba por un brazo mientras sus labios dibujan palabras enérgicas. Ella no le mira, y dirige sus ojos a lo que sea represente su vía de escape. Ambos visten de manera elegante.
El entorno es una calle empedrada, donde ha llovido recientemente, y no se ven coches aparcados. Los edificios pueden corresponder a un barrio céntrico de Madrid, pero no se ve ninguno representativo que permita identificar el lugar.
Al fondo a la derecha, detrás del hombre, otra pareja está subida a la acera. El la empuja contra la pared con una mano, mientras levanta la otra amenazante. Ella se tapa la cara en un gesto intuitivo.
Por el contrario, detrás de la figura de la mujer aparece una pareja más, pero está se encuentra tiernamente abrazada, como si uno de ellos acabase de pronunciar las palabras más hermosas que jamás se hubiesen creado, o acabase de dar la mejor noticia que el otro podría esperar.
De una de las ventanas situadas a la derecha, en la "mitad del hombre de la pareja principal" aparece alguien arrojando un cubo de desperdicios a la calle, mientras que su vecino de la acera opuesta riega las plantas.
Hasta el cielo cambia de un lado al otro de la calle. En un lado nubes grises, que se convierten en un azul luminoso a la izquierda.
La foto era una composición con un significado tan claro que la mente deducía que era una creación artificial. Pero, por el contrario, nada indicaba que estaba hecha por un profesional: el enfoque no era nítido, el encuadre no respetaba las reglas básicas, los colores estaban alterados por las luces y sombras inoportunas...
Pero algo tan rico no podía ser casual. O sí. Los dos mundos, la ira y el amor, en una sola imagen, pero en múltiples representaciones.
Esa foto ahora preside la portada de mi libro, y fue la razón de por qué lo escribí, por lo que le debo media vida.
Pero una reforma, cuando se hace, se hace a conciencia, y todo debe variar, dentro de lo posible, para que la sensación de renovación sea lo más completa que se pueda conseguir.
Estaba entre el hueco que dejaban las patas y el saliente que ocultaba el espacio que quedaba entre el bajo del mueble y el suelo, por lo que no se había aplastado ni deteriorado al moverlo.
Mi cabeza se centró automáticamente en ella, suspendiendo el traslado de enseres por lo que restó de día.
La foto en sí misma contenía gran cantidad de información.
En ella, como centro de la imagen, aparecía una pareja. La mujer parecía que quería alejarse de él, pero éste la sujetaba por un brazo mientras sus labios dibujan palabras enérgicas. Ella no le mira, y dirige sus ojos a lo que sea represente su vía de escape. Ambos visten de manera elegante.
El entorno es una calle empedrada, donde ha llovido recientemente, y no se ven coches aparcados. Los edificios pueden corresponder a un barrio céntrico de Madrid, pero no se ve ninguno representativo que permita identificar el lugar.
Al fondo a la derecha, detrás del hombre, otra pareja está subida a la acera. El la empuja contra la pared con una mano, mientras levanta la otra amenazante. Ella se tapa la cara en un gesto intuitivo.
Por el contrario, detrás de la figura de la mujer aparece una pareja más, pero está se encuentra tiernamente abrazada, como si uno de ellos acabase de pronunciar las palabras más hermosas que jamás se hubiesen creado, o acabase de dar la mejor noticia que el otro podría esperar.
De una de las ventanas situadas a la derecha, en la "mitad del hombre de la pareja principal" aparece alguien arrojando un cubo de desperdicios a la calle, mientras que su vecino de la acera opuesta riega las plantas.
Hasta el cielo cambia de un lado al otro de la calle. En un lado nubes grises, que se convierten en un azul luminoso a la izquierda.
La foto era una composición con un significado tan claro que la mente deducía que era una creación artificial. Pero, por el contrario, nada indicaba que estaba hecha por un profesional: el enfoque no era nítido, el encuadre no respetaba las reglas básicas, los colores estaban alterados por las luces y sombras inoportunas...
Pero algo tan rico no podía ser casual. O sí. Los dos mundos, la ira y el amor, en una sola imagen, pero en múltiples representaciones.
Esa foto ahora preside la portada de mi libro, y fue la razón de por qué lo escribí, por lo que le debo media vida.

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